El monociclo lluvioso
Radiante, excelso , como del sol, lo hallé en el viento,
el monociclo alado. Enamorado, sus rayos, sus veletas aireadas,
su ofrenda de libertad, el brillo indomable de su andar, su rueda
al rodar, su brisa. Manifestándose espontanea toda poesía
dentro de mi. Manos extendidas hacia el, alucinado, sonreír
y soñar...
Debió ser mío, debió
abandonar su espacio y fundirse al mio, para siempre juntos, debió
acompañarme a las cruzada ridicula, a el desenfreno ruidoso,
el viaje cruel, a mi urgencia, a mi sueño y mi caos.
Fue una tarde al caer la luna del
olimpo ancestral. Tal vez el encanto de nuevas tormentas, los colores
de nuevas acrobacias, habíamos andado hasta nuestro ocaso
del tiempo, saciados de la vivencia mutua... Lo dejé libre
de mis pies por mi bien y mis piruetas, de su forma de volar por
entre la aurora y el mar, las veredas y el sol. Lo dejé libre.
No se como y ni lo noté, no presté atención,
sin dudas lo olvidé por siempre, bajo un techo agujereado,
desmoronado entre las cosas en algún fondo en el patio de
atrás. Le di libertad.
- Mas no hay alma ni cosa que resista
el instrumento canceroso que gotea chispeante arañazos de
repetidos inviernos, mas se deja morir al saberse indiferente de
las cosas cálidas, que lo desplazaban entre risas de estrechas
primaveras. Mas no hay consuelo ni anestesia y se derrite su vida,
no por el frío, sino por la ausencia, se aísla y marchita
su gracia. -
Fue una mañana en el médano
azulado, justo al costado de la mente, pronto lo recordaría.
Correría otra vez urgente hacia su imagen, a su sensación,
a proponerlo mio nuevamente, sugerirlo ajeno de lo demás.
Jinete de la aventura ansiosa, sinfonía de la alegría,
volando en sus pedales juntos, siempre para. Los faros del paisaje,
las estrellas alcanzadas al fin, dolor viajero fulminandonos los
torsos, su horquilla flameante. Su estela de fuego. Su amor, al
fin:
- Marchito, precario, horrible, triste,
pútrido... herido, desdibujado, sudado de oxido, jugo de
lata rodeándolo, papelitos del viento ensuciado, un charco
estancado entre su llanta abierta, desmechadas sus alas, cuero podrido
de su asiento reventado, pedales torcidos de no andar, su calcomanía
a medio despegar, casi borrada su sonrisa. -
Debió ser mío, sumamente
mío, manos extendidas hacia el, decepcionado verdugo, llorar
y gritar... y gritar.
Debió abandonar su muerte
y unirse a mi vida, para siempre fundidos, debió seguirme
hacia el instante horrible, al tropezar estúpido, a la impotencia,
a la indiferencia fria. Debió crecer hacia el sol, secar
su corazón. Debió,
pero ya nunca pudo. Mi libre, mi monociclo lluvioso.
Mariano Castro Rivas